En 2017, el movimiento #MeToo sorprendió al mundo. El movimiento y su etiqueta asociada se convirtieron de un día para otro en un fenómeno a través del cual millones de mujeres y jóvenes encontraron una forma de compartir sus historias de acoso sexual y expresar su solidaridad con todas las víctimas de violencia de género o discriminación en sus hogares, en el trabajo, en espacios públicos o en Internet. No es exagerado afirmar que el movimiento generó una onda expansiva en todo el mundo y tampoco es de extrañar que estuviera impulsado fundamentalmente por actrices de cine de renombre que compartieron sus luchas en una industria históricamente dirigida por hombres. Al tiempo que amplificaba las voces que surgían de todos los ámbitos de la vida y todas las profesiones en todo el mundo, también se daba la voz de alarma sobre cómo la industria cinematográfica y las industrias creativas en general no estaban libres de conductas sexuales inapropiadas, desigualdades de género y una cultura del silencio.