Durante los dos últimos siglos, las ciudades y, sobre todo, los pueblos andaluces han llamado la atención por la blancura de sus paramentos, que las referencias literarias, y también las tópicas, se encargaban de enfatizar. Encalar era, y es todavía en muchos lugares, una obligación habitual que se realiza cada año cuando llega el calor para no correr el peligro de que las lluvias se lleven la capa de cal que cubre el edificio, que ya a partir del otoño irá perdiendo paulatinamente su blancura inmaculada para necesitar su renovación cuando vuelva a llegar la primavera.