La cárcel real de Sevilla presenta un espacio prototípico de la convivencia entre monarquía, élites ciudadanas y mundo de la delincuencia. En sus reducidas dimensiones se daban unas condiciones de vida deshumanas pero, a la vez, constituía, pese a su condición de espacio de reclusión, un territorio poroso y amalgamado. Su misma existencia y mantenimiento constituían una paradójica contradicción entre represión de la criminalidad, expresión de una religiosidad tan popular como heterodoxa y manifestación de la caridad de las élites sevillanas. Los textos que desde diversas perspectivas dan testimonio de esta convivencia han sido colacionados para intentar definir su paradigma espacial.