Frente el dualismo y al monismo, una visión realista del hombre es necesariamente unitaria, pero no simple o indiferenciada. Ello implica una consideración del cuerpo como integrante de la subjetividad, pero al mismo tiempo la trascendencia del yo respecto a la corporalidad. El cuerpo viviente constituye una unidad internamente articulada en su estructura y dinamismo, y se encuentra abierto a otras realidades corpóreas con las que forma una cierta unidad viviente.