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La evaluación es significativa en el contexto de la planificación y ejecución de los programas, proyectos y políticas de desarrollo sociales y económicas, en instituciones públicas y privadas porque permite tomar decisiones a corto, mediano y largo plazo. Muchas organizaciones han introducido la evaluación como una tarea fundamental de la gestión. Estas evaluaciones pueden estar desarrolladas o ser diseñadas en función a los objetivos de cada programa y/o proyecto ejecutado o en ejecución. Por tanto, realizar una evaluación implica una actividad metodológica, que ha sufrido cambios desde Scriven (1972), que hablaba de la evaluación formativa hasta la evaluación por la teoría del programa (Bustelo, 2011, pp. 3), basados en dos enfoques de quien lleva a cabo la evaluación; la primera, considera como actor principal al profesor o educador sobre un programa, donde «debe evaluar el servicio del logro de sus metas educativas, y la segunda llevada a cabo por expertos mediante la aplicación rigurosa de metodologías de diferente naturaleza y alcance, destinada a la evaluación de proyectos y programas de intervención social, en educación, formación, salud, ocio, empleo de una gran amplitud, complejidad y duración» (Pérez,2000, pp. 266). Ahora bien, la evaluación no solamente significa considerar quien lleva a cabo, sino cual es el fundamento que viene por detrás de cada diseño de evaluación, y es ahí donde se quiere enfatizar en el libro. La práctica, muestra que existen dos fundamentos que respaldan las evaluaciones (las más utilizadas en programas y proyectos de intervención social, es importante aclarar que existen otras formas de evaluar), la primera que está basada en los criterios de evaluación y la segunda en la teoría del programa.
Manuel Martín JorgeMaría Angeles Soriano Rovira