Dejando aparte las necesarias excepciones, la critica literaria de nuestro tiempo ha incorporado a sus leyes de valoracion la busqueda de un elemento con significado poco claro, equivoco la mayor parte de las veces, que suele recibir el nombre de sinceridad. Este empeno es explicable como reaccion a los preciosismos formalistas, intelectualistas y puros de principios de siglo, al arte «deshumanizado», minoritario y exclusivo que ORTEGA supo definir con acierto en uno de sus ensayos mas conocidos. La palabra sinceridad, cuando hoy se aplica a las creaciones ficticias, es termino al que hemos llegado a acostumbrarnos y que, sin embargo, no responde en muchos casos a una idea siquiera medianamente inteligible. Prescindamos ahora de la poesia. ?Que quiere decirse de una obra de ficcion —un drama, una novela, un cuento— cuando se le da el calificativo de sincera? ?Se atribuye esta virtud a la creacion misma, o es algo que se remite a las condiciones morales del autor? Con vaguedad para la que no es facil encontrar disculpa, la critica actual entra a menudo en usos del vocabulario que debieran estarle prohibidos (recuerdese la sentencia lapidaria de aquel critico musical que hablaba con entusiasmo de «un numeroso cuarteto»), siendo este asunto de la sinceridad literaria una de las mas flagrantes incongruencias que una y otra vez nos vemos obligados a escuchar de nuestros guardianes de la belleza. Siempre ha solido decirse que alguien es sincero cuando sus pensamientos, acciones, palabras y obras se ajustan a la verdad o, cuando menos, a una percepcion, erronea o cierta, de lo que se estima como verdadero. Es en el ambito de las realidades morales donde esta virtud —la sinceridad es una virtud— encuentra el lugar que mejor le
Leoncio Daniel Quispe TorresPatricia Huayllasco Marquina