Hasta hoy disponemos de tres paradigmas para pensar lo que aún llamamos discapacidad: el médico, el social y el biopsicosocial (que ha intentado integrar y superar la confrontación entre los dos primeros). El Foro de Vida Independiente (FVI) y los autores y activistas que ayudan a profundizar y a extender sus propuestas celebran el avance que ha supuesto el paradigma biopsicosocial, pero no lo comparten y proponen un nuevo modelo que llaman de la diversidad funcional, una versión hermenéutica del paradigma social. Este artículo intenta identificar los problemas que el modelo de la diversidad funcional plantea a la ética aplicada, y se centra en dos de ellos. El primero es: si lo que ahora consideramos deficiencia es interpretado únicamente como diversidad, ¿qué argumentos tendríamos para no respetar la decisión de unos padres de no corregir una deficiencia física, intelectual o del desarrollo de sus hijos, pudiéndolo hacer con una terapia eficaz, razonable y sin riesgos? ¿Y para impedir que les produzcan una deficiencia? El segundo problema es: ¿Cómo justificar la necesidad de discriminación positiva (más recursos y atenciones y más investigación médica y tecnológica a las personas con diversidad funcional) e incluso de apoyo, si se considera que su manera de funcionar no es ni mejor ni peor que las otras?
Villatoro, KatjaSahagún, Marta
Camargo, Paulina MarisolCarhuamaca, GuadalupePaulette, Nicolle del PilarHuamán, Jenny Pamela