Strindberg escribió Acreedores en 1888. No escribió para su tiempo sino paralos venideros. El gran problema de Acreedores es discursivo. Adolfo, Tekla y Gustavo, emprenden una “guerra de cerebros”, una lucha psicológica y a puro lenguaje. Arrojados almundo y en la imposibilidad de decir la realidad quedan atrapados en esa “cárcel dellenguaje”, que también es la nuestra. Esta nueva puesta en escena de Acreedores pretende un corrimiento de los cánones tradicionales del realismo y del naturalismo estéticosen los que se ha categorizado al autor y a parte de su obra. Si en Acreedores se planteala pregunta acerca de la forma del arte, esta pregunta aún nos guía: ¿Cuál es la formacontemporánea para esta obra de 1888? ¿Cuál es la forma que le corresponde al arte denuestro tiempo? Aventuramos en los signos de la puesta en escena algunas respuestas: lainclusión. Si Strindberg produce inmerso en una gran crisis finisecular de la representación, la propuesta es desmontar la obra para desligarla de lo representativo y hacer visibley no ocultar los hilos que construyen la representación. Así leemos Acreedores, despuésde más de un siglo de su escritura, y es nuestro modo de acercarnos a su modernidad.